¿Sientes malestar a la hora de volver a las actividades cotidianas del día a día? ¿Sientes comidad a abandonar la “seguridad” de tu hogar? ¿Experimentas ansiedad a lo largo del día? ¿Palpitaciones? ¿Cierto temor a abandonar tu casa? Si la respuesta es sí, podrías estar sufriendo el síndrome de la cabaña. 

No, no es algo nuevo ni tampoco es un nuevo término que se origine a partir de nuestra situación de confinamiento. Es un fenómeno cuyo término comienza a usarse, o a emplearse, del inglés “Cabin fever” para hacer relación a un cuadro de irritabilidad, inquietud y posible alteración del estado anímico que presentaban los primeros colonos, empujados por obligación a permanecer largas temporadas en sus cabañas durante los largos meses del invierno. También se hace referencia a esta situación a partir de los síntomas manifestados por navegantes que pasaban largos periodos embarcados en travesías que les obligaban a permanecer una gran cantidad de tiempo en su embarcación… Ahora, hemos recogido este concepto, muy específico y generalmente empleado para circunstancias muy determinadas y muy específicas, para hacer referencia a una situación que puede comenzar a experimentar una gran parte de la población. 

Cuando el confinamiento por COVID19 llegó a nuestras vidas, muchas personas nos realizaban consultas acerca de las posibles implicaciones psicológicas que esta situación podría tener, tanto para la población infantil como para la población adulta. Nuestra respuesta siempre ha ido en la misma dirección: “hay pocos estudios al respecto”, y los pocos que hemos logrado encontrar se remontan varios años atrás, cuando no había tanta o ninguna presencia de redes sociales y otras herramientas tecnológicas. Tanto es así, que desde el pasado 24 de marzo, desde la Universidad de Burgos, desde la facultad de educación, se está llevando a cabo un importante estudio al respecto en población infanto-juvenil. 

Por tanto, nos encontramos ante un panorama un tanto desconocido del que tenemos pocas referencias científicas en el contexto actual. 

MARÍA LA TIFOIDEA 

La historia de esta mujer no deja de ser de actualidad, pese a tener que remontarnos al año 1884. María la tifoidea, quien en realidad se llama Mary Mallon, fue una emigrante británica a Estados Unidos. En el año 1900 comenzó a trabajar de cocinera en la ciudad de Nueva York en diferentes casas. Con el brote de fiebre tifoidea, se pudo observar tras un minucioso análisis del entorno de los enfermos, que asombrosamente, el número de muertes en los residentes de esas casas en las que trabajaba, eran intrigantemente elevados, aparciendo ella como gran constante de contacto en un porcentaje elevadísimo de muertes en las zonas estudiadas. Con ella nació la primera gran “supercontagiadora”. Este caso no se reduce a una mera anécdota, pues una vez localizada, y habiéndose mostrado asintomática durante todo el tiempo (varios años), se decidió su confinamiento en 1907. Éste se produjo por un periodo inicial, ni más ni menos, que de 4 años.  Fue puesta “en libertad” por la presión mediática de la época y por la inversión económica de grandes magnates de cara a su defensa jurídica. Se le obligó a firmar un compromiso de no volver a trabajar como cocinera. En 1915, seguían con un nivel de infección importante, pero nuevamente comenzaron a concentrarse los casos de contagios, esta vez, entre familiares y trabajadores de un hospital. Cuando las autoridades sanitarias lo investigaron, encontraron a María trabajando en la cocina de dicho hospital. Fue apresada y confinada de por vida, durante 23 años, hasta alcanzar la edad de 69, falleciendo de un infarto en su confinamiento. 

Lamentablemente nadie investigó las consecuencias psicológicas de su confinamiento, aunque tal vez, al tratarse de una situación de aislamiento individual (a diferencia del resto de la sociedad) los efectos hubieran sido diferentes. 

No hemos logrado encontrar más casos bien documentados sobre confinamientos prolongados por motivos de salud, salvo las clásicas cuarentenas de barcos o viajeros, que vuelven a suponer situaciones excepcionales. 

NUESTRA CABAÑA

Durante varios meses, hemos pasado mucho tiempo en nuestra cabaña. Hemos trabajado, convivido con familiares, hijos, o tal vez hemos aprendido a pasar tiempo con nosotros mismos. Hemos cambiado casi todas las formas de interacción personal, hemos organizado cenas vía videoconferencia, y hemos plagado las redes sociales, quienes se han convertido en una más de la familia, durante este tiempo. Hemos aumentado el gasto en dispositivos tecnológicos (ordenadores y tablets sobre todo) en un 50%, hemos cambiado muebles y estructura de nuestra casa para poder trabajar, hacer llamadas, que nuestros hijos estudien junto a nuestra mesa de trabajo. Hemos invertido en cosas que jamás habríamos imaginado (y quizá también nos hemos llegado a conocer como no hubiéramos imaginado jamás). Nuestra cabaña perfecta, desde la que lo hemos seguido teniendo todo (y mejor) y en la que hemos estado seguros. Muy cansados de estar encerrados (dependiendo de las circunstancias de cada uno), pero con la seguridad de “si no salgo no me contagio”. 

En estos meses, hemos vivido muchas emociones, muy intensas. Ha sido un periodo excepcional que nos habrá cambiado a todos y desde el que no veremos nunca más el mundo como lo veíamos en febrero de 2020. Las emociones que hemos vivido, sin duda, han sido muy intensas: miedo, incertidumbre, soledad, enfado, tristeza, pena… y todas ellas las hemos pasado en “nuestra cabaña”, entre esas paredes. Los aprendizajes llevados a cabo en momentos emocionalmente impactantes se “graban” con más fuerza en nosotros,  y no son sólo los aprendizajes cognitivos, académicos o escolares, no. Son también los aprendizajes conductuales, certezas y reflexiones que elaboramos. Por tanto, nuestra cabaña se ha convertido en un espacio seguro, lleno de diferentes estados emocionales, y por tanto, hemos generado un importante vínculo. 

NUESTRA SOCIEDAD

Hemos observado un fenómeno de gran interés y relevancia en estos días: Por una parte hemos vivido desde muchos rincones con un marcadísimo “sesgo de expectativa social”, es decir, hemos hecho las cosas porque creemos que es lo que la sociedad esperaba de nosotros: quedarnos en casa, trabajar (muy orientado al personal sanitario) en unas condiciones relativas según se ha podido ver en diferentes medios de comunicación y a raíz de sus propios testimonios, criticar al que salía de casa, etc. Algo que nos ha generado una importante sensación de colectivo ya que “todos hacíamos lo mismo”, desde “nuestra cabaña” es decir, desde nuestra seguridad. Este aspecto no deja de presentar un elevado interés a la hora de estudiar las muchas variables que pueden acentuar ese malestar, ese síndrome de la cabaña pues, irónicamente, volviendo a la vida normal (al menos a la que estábamos acostumbrados) perdemos esa sensación de comunidad “segura” en la que nos encontrábamos. Sin duda una gran falacia que puede resumirse en “estando en nuestra soledad formábamos parte de un gran grupo, pues hemos sido una férrea unidad”. 

Existen, por tanto, diferentes variables que van a acentuar y van a generar cierto sentimiento de necesidad de la seguridad que se ha gestado estos días nuestras casas, en nuestras “cabañas”. 

Vamos a ver a continuación diferentes aspectos que se describen como habituales y que caracterizan al denominado síndrome de la cabaña, cómo podemos identificar algunos síntomas habituales del mismo y qué podemos hacer para combatirlos si detectamos que estamos experimentando algunos de ellos, generándonos dificultades en la esfera personal, social, familiar, laboral o académica. 

¿QUÉ ES EL SÍNDROME DE LA CABAÑA?

Lo primero y más importante al iniciar la descripción de esta situación es alejar todo lo que pueda “oler” a patológico. No es una enfermedad mental ni un trastorno, es una consecuencia a la situación de confinamiento prolongado (que puede verse acusada por los matices realizados a nivel social y estructural). Para hacer este concepto más cotidiano podemos tratar de comprenderlo por contraposición: cuando comenzaron a relajarse ciertas medidas de confinamiento, hubo gente que disfruto enormemente saliendo a la calle y deseando apurar hasta el último minuto, pero de la misma forma, hubo (y hay) quienes desean no tener que abandonar la seguridad de su “cabaña”, de su hogar. Podemos definirlo sencillamente como un miedo a volver a salir a la calle que afecta a nivel mental (pensamientos que anticipan situaciones negativas y temor con respecto a salir a la calle) y anímico (pues determina nuestro estado anímico desde el momento en que pensamos que tenemos que salir a la calle independientemente del motivo).

Llevamos ya unos días de esta “nueva normalidad” como han convenido llamar a la vuelta a la vida normal con las precauciones lógicas de la convivencia con un patógeno con una elevadísima tasa de contagio y mortalidad en población vulnerable. La amenaza de los rebrotes, de las oleadas está en todas las noticias tanto en TV, como en Internet, como en prensa escrita, lo que hace que generemos un proceso retroalimentativo: “quiero salir a la calle -> pero y si justo ahora empieza un nuevo rebrote -> entonces me quedo salgo mañana – > pero mañana igual hay más posibilidades -> entonces me espero…” y así eternamente. Este pensamiento cíclico y repetitivo hace que nuestra ansiedad crezca desmesurada y exponencialmente y… es normal ¿o no?  

MIEDOS RACIONALES Vs MIEDOS IRRACIONALES

Cuando comenzamos a realizar un abordaje a los miedos y temores que albergamos las personas, uno de los primeros pasos es el de ubicar nuestro miedo o nuestro temor dentro del grupo de los miedos racionales (lógicos) y de los miedos irracionales (ilógicos). Por ejemplo, una persona que le tiene miedo a los ascensores porque de pequeña se quedó encerrada en uno, podría constituir un miedo racional, igual que el miedo a ahogarse en el mar o a ser atropellados… son cosas que podrían pasar (claro que hay que valorar posteriormente el grado en que ese miedo nos limita). Por el contrario, el miedo a las luces blancas, al número 4 o a los pantalones azules (salvo situaciones muy concretas) sería un miedo irracional. Y ahora nos planteamos: ¿el miedo a salir de nuestra “cabaña” es racional o es irracional? Efectivamente parece un temor racional. Vivimos en medio de una pandemia y salir de casa aumenta las posibilidades de contagio, o mejor dicho, sabemos que si no salimos de casa no vamos a contagiarnos (estamos seguro). Ahora viene el punto comentado anteriormente en el que debemos valorar lo limitante de nuestro temor o de nuestra sensación de seguridad. 

CONTACTO SOCIAL

¿Cuánto contacto social hemos tenido durante el confinamiento? No es una pregunta irónica ni mucho menos. Aquellas personas que han pasado el confinamiento en familia, con cónyuge, hijos, padres, abuelos, tíos… tienen menos posibilidades de padecer este síndrome de la cabaña que aquellos que lo han pasado solos, ya que han vivido tres meses con ausencia de contacto social, y al fin y al cabo, las relaciones sociales conforman una conducta y las conductas que no se practican tienden a extinguirse. 

ENCONTRANDO SOLUCIONES

Lo primero que tenemos que hacer para poder poner una solución a esta situación desadaptativa (nos saca de lo entendido como normal y habitual) es reconocerla y darnos cuenta que estamos viviendo esta situación problema y que tenemos que hacer algo para cambiarlo. Este paso junto con desear generar ese cambio, son aspectos determinantes para lograr comenzar. 

REMEDIOS “CASEROS”

No siempre es completamente necesario acudir a profesionales para solucionar estas situaciones, por eso, abrimos el maletín de los primeros auxilios psicológicos y os contamos 3 pasos a llevar a cabo para intentar hacer frente a nuestro temor a salir a la calle (una vez tengamos bien claro qué es lo que nos está pasando y deseemos ponerle una solución):

  1. REESTRUCTURACIÓN INICIAL DE NUESTRO PENSAMIENTO: tenemos que intentar objetivar la situación. Escribamos en un papel argumentos que apoyen nuestro temor y otros tantos que nos sirvan para poder apoyar la tesis contraria. Por ejemplo, podríamos anotar <<No quiero salir a la calle porque me da miedo contagiarme>> y junto a este argumento <<Podría salir a la calle con mascarilla y guantes teniendo máximo cuidado y así se reducirían las posibilidades de contagio>>. 
  2. TÉCNICAS DE RELAJACIÓN: el entrenamiento en técnicas de relajación será de gran ayuda para ponerlas en práctica en el momento de enfrentarnos a salir de casa. 
  3. PRIMEROS PASOS: establecer recorridos cortos, acompañados por algún familiar o ser querido para una tarea que comprendamos como segura (al aire libre, lejos de grandes multitudes…) y con un tiempo limitado, puede servirnos para comenzar gradualmente a salir a la calle de forma segura y controlada, y si el miedo comienza a apoderarse de nosotros, pongamos en marcha alguna técnica de relajación de las trabajadas. 
Siguiendo estos 3 sencillos pasos, es habitual que nuestro freno a salir de casa se reduzca, no obstante, puede que no sean suficiente. 

REMEDIOS PROFESIONALES

Si has llevado a cabo estos tres primeros pasos y no consigues tus fines, o consideras que no van a ser suficiente para ti, debes buscar ayuda profesional. Sí, es importante trabajar en ello. No es una tontería ni algo que “ya se pasará”, no. Mantener estas situaciones durante tiempo y aprender a vivir “limitándonos” en todo por estas circunstancias nos generará muchas complicaciones, tantas que puede llevarnos a desarrollar un cuadro de alteración del estado de ánimo, depresión, trastorno de ansiedad, etc. Cuanto antes comiences a recibir la ayuda profesional, menos tiempo tendrás que invertir en superarlo, y más rápido volverás a recuperar tu vida. Si lo deseas puedes contactar con nosotros, te podemos atender online y presencialmente. 

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